Hacernos un mundo. Ficciones colectivas

Rubén Ortiz

Resumen


Mientras escribo estas líneas, en México, el Consejo Nacional Indígena (CNI) intenta obtener el registro de María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy (una médica tradicional nahua de Tuxpan, Jalisco, que allí mismo fundó la Casa de Salud Calli Tecolhuacateca Tochan), para participar como candidata presidencial en las elecciones de 2018. El asunto es relevante por todos lados: en primer lugar, porque se trataría de la primera candidatura indígena en más de un siglo posrevolucionario e implica la visibilidad inmediata de los cuerpos ignorados por la modernización del país; segundo, porque esta candidatura evidencia el desgaste del juego electoral monopolizado por partidos políticos que han trabajado siempre por el interés corporativo; tercero, porque la candidatura pone de cabeza la teatralidad electoral: Marichuy no es la candidata de un partido, es la vocera de una parte de la población organizada que no tiene solo un programa político, sino una visión de mundo. En efecto, el interés del CNI no radica en hacerse de la presidencia, sino en utilizar el guion electoral para acceder a un lugar de enunciación, un escenario. Un escenario, por cierto, nómada, pues su intención no es dar foco a la protagonista, sino incitar a la organización de los habitantes (es decir, a hacer política al margen del propio sistema electoral) de los territorios locales, a través de un recorrido por todo el país.

Y tenemos entonces varios ingredientes para pensar: en primer lugar, la toma por asalto de cierta teatralidad que monopoliza la representación para intentar colar otras representaciones entre sus fallas; un gesto paródico y paradójico, en cuanto pervierte el sentido de un dispositivo hegemónico. En segundo lugar, la necesidad de un escenario que destaque y amplifique cuerpos y discursos que se habían mantenido en la sombra espectatorial, a costa de su capacidad de hacer mundo. En tercer lugar, la contundencia de estos cuerpos y estos discursos que, con su misma presencia, evidencian tanto los límites de los dispositivos anteriores como la propuesta contingente de otros modos de representación que no se atienen ya a las promesas de la ficción al uso.

Como es evidente, el desplazamiento de la ficción electoral no es fruto de un pensamiento estético en primer lugar, sino de un estado de emergencia. Y es este estado de emergencia el que, al parecer, también comparten muchos intentos provenientes de las artes escénicas u otras disciplinas que rozan la performatividad del estar juntos. Quiero decir que, para muchos artistas, comenzar a imaginar la aparición de otros cuerpos, de otros discursos; la apropiación de espacios públicos o privados para convertirlos en espacios comunes; los recorridos est/éticos, o la pregunta por el nosotros, tiene menos que ver con una innovación artística que con la pregunta acerca de cuál puede ser la potencia del arte en tiempos de la necropolítica, que no respeta ninguna frontera: geográfica, disciplinar o corporal.

Los gestos que nos ofrece este número de Efímera (la ocupación de espacios abandonados como resto de la violencia; las identidades condenadas que muestran sus atributos y sus ritmos; los espacios para la conversación; las imágenes que expanden lo sensible hacia la conjugación de un conocimiento colectivo; los recorridos que en su transcurrir nos devuelven a la teatralísima palabra 'compañía'), todos ellos, apuntan a «una nueva composición estratégica de los mundos», como diría el Comité Invisible.

Una composición en la cual, acaso, las teatralidades podrían jugar un papel modesto pero fundacional: al brindar la potencia siempre vigorosa, equívoca, antagónica y alegre del ensayo. En los intentos aquí presentados como creación, como registro, como investigación o como crítica, no existe una vocación prescriptiva o intención alguna de conquista de un territorio. Hay inquietudes, interrogantes, vacilaciones, contradicciones, reinicios.

Pues hacer mundos es siempre vivir ensayándonos.

 


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